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¿A QUÉ TIENES MIEDO?

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Me preguntaba hace unos días un amigo que a qué le tenía miedo, cuál era mi temor más profundo. Y no supe responderle. En ese momento le dije que a nada, a nada físico, recalqué. Y es verdad, pero una verdad incompleta.
Aunque la verdadera pregunta debería haber sido: ¿Qué es el miedo para ti, Andrea? Porque de ello dependen mis temores. Para mí es una sensación agobiante que me recorre por completo, que me paraliza, que me bloquea, me impide respirar; me ahoga. El miedo, yo lo siento, como el sol de mediodía, que te permite ver hasta el mínimo detalle de lo cotidiano, lo que te rodea más profundamente; te muestra la oscuridad, incluso la tuya propia, con una cruda y real claridad; te deslumbra y te daña la retina cuando lo miras fijamente, sin protección ni idea de lo que es. Es la unión, la hermandad de de lo real e irreal, de lo psíquico y lo físico. Sin él no seríamos capaces de ver lo que nos persigue, lo que nos envuelve en una onírica y opaca utopía. Seríamos ciegos sin lazarillo (aunque, a veces, este pilluelo nos robe el vino aprovechándose de la situación).

De forma genérica y apresurada diría que le tengo miedo a muchas y, a la vez, pocas cosas: a la soledad y a las muchedumbres, al silencio ruidoso y a los llantos mudos, a los gritos y a los susurros... al pasado, sobre todo a esto último. Le tengo un pánico atroz a mi pasado, a su repetición en otras víctimas, al círculo irrompible que algunos dicen que es la vida. Tengo miedo a no ser capaz de cortarle la cabeza a la serpiente y que el instante sea eterno, se repita, sea nietzschiano.
No tengo miedo físicos reales, sino psicológicos. Y creo que eso a todas y todos nos pasa, pues no tenemos miedo a una araña, sino a su proyección sobre nosotros; no es miedo al agua, sino a las consecuencias de su mal uso; no es miedo a una violación física, sino psicológica; no es miedo a los hombres, sino a cómo los vemos, a su trascendencia en nuestra psique.

Y respondiendo, ahora sí de verdad, a la pregunta que me hizo ese domingo junto al río, diría que tengo miedo a las decisiones indebidamente tomadas, a los recelos pretéritos y mal curados, a todo presente reflejo del pasado, a esa serpiente escurridiza. Le tengo miedo a todo y a nada, pues todos los miedos se superan, se relegan al olvido encerrados bajo siete llaves...
Por ello, tengo temores ficticios, que no lo son, porque empleando mi definición de miedo, ahora mismo no hay nada que me atenace el aire en los pulmones, nada que me domine, nada a quien yo le deje el control total de mi vida.

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